Extraído de "I See A Darkness" (Reinhard Kleist, 2006)

Un día como hoy, pero de hace quince años, John R. Cash (En adelante Johnny Cash) abandonaba el edificio. Fue el final de su carrera un ocaso de sensaciones encontradas y regusto amargo: Una década y media inventariando su declive físico en grabaciones con estética lo-fi y algo de epitafio, tan desnudas y solemnes como una lápida.

Pasar revista a una carrera de más de medio siglo siempre es complicado, pretender zanjar el legado de una figura que gozó en su tiempo y lugar de un estatus cuasi mítico con cuatro apuntes a vuelapluma, poco menos que una locura. Así que voy a consagrar estas líneas apresuradas a propósito de Johnny a echar un rápido vistazo al andamiaje que sostiene al mito, y de paso divagar sobre la salud de su obra.

En su ambicioso ensayo “Yeah! Yeah Yeah! The Story Of Modern Pop” (Faber & Faber, 2014Bob Stanley no puede resistirse a sentenciar la poliédrica obra -estética y vital- del de Arkansas en un escueto párrafo que viene a decir (traducción aproximada): “A pesar de todo su prestigio, si le preguntas a alguien que te nombre más de cuatro canciones [de Johnny Cash] lo tendrán complicado: “I Walk The Line”, “Ring Of Fire”, “A Boy Named Sue”. Básicamente eso era todo. Pero la música era casi lo de menos, si afinabas la vista era como un Águila americana; Incluso podía parecer, con su ceño fruncido y su mirada expresiva el espíritu pionero de todo su país […] En ese aspecto, el fue un mito, más que nadie que aparezca en este libro”.

Si sabemos ver más allá de la boutade y la frase efectista (¿Reducir a Johnny Cash a tres canciones? Grotesco) podremos atisbar alguna certeza, esto es: Es la estatura del mito la que ha podido insuflar alguna vida a su trabajo y dotarlo de cierta vigencia para generaciones sucesivas, nunca al revés; Es su descarada iconicidad, por encima de la música, la que lo ha incorporado al santoral de rockers, punks, metalheads y hasta de la cultura hip hop. Un área de influencia sorprendentemente amplia para un artista cuyo ADN sónico estuvo informado, sobre todo, por el country y el gospel.

Uno es de la opinión de que el mito Johnny Cash se conforma a partir de los extremos cronológicos de su biografía, esto es: Del arco narrativo que va del retablo de gótico americano, anfetaminas y temor de Dios de su primera singladura al crepúsculo de su década final, cansado y sabio como un patriarca bíblico postrado. Las décadas intermedias obligan a una elipsis.

Resulta evidente que entre las generaciones más jóvenes ha sido su producción postrera la que más ha calado, lo cual no debería sorprendernos: Los llamados American Recordings esconden bajo su capa rústica una fina maniobra de product placement que situó a Cash, de nuevo, en la órbita de los tiempos: El tono descarnado, confesional, de intimidad absoluta que recorre esas grabaciones estaba, definitivamente, muy a juego con la estética de los 90’s.

Eso para uno tiene sus pros y sus contras. Por un lado es de agradecer que una figura totémica de la música del siglo XX encontrase -o le encontrasen, tanto da- un lenguaje que le permitió ampliar la demografía de su público de manera exponencial, así como colaborar con músicos tan alejados de su órbita como Glenn Danzig, Tom Petty, Chris Cornell Joe Strummer; Por el otro, ay, tenemos el síndrome de “Hurt”, patología consistente en considerar todo lo que hizo antes como una suerte de prólogo.

Uno cuenta entre sus múltiples pecados de juventud haber pertenecido a esa facción, y aunque resulte virtualmente imposible negar la pujanza de la obra del último Cash (Especialmente American III: Solitary Man y su sucesor, The Man Comes Around) es su producción de la década de los cincuenta a la que acudo, casi en exclusiva, cuando me apetece sumergirme en los abismos de su voz.

Mató a un hombre en Reno (sólo por verlo morir)

 

Si hubiese que resumir la estatura de la leyenda de Johnny Cash, el alcance de su mito, en un solo acto lo tendríamos rematadamente fácil: Nadie en la historia de la música moderna ha sabido poner en sus labios una frase como “But I shot a man in Reno, just to watch him die” de una manera tan convincente. En cualquiera de las incontables versiones posteriores que se han grabado de “Folsom Prison Blues” el verso suena a impostura, cuando no directamente forzado; Cash pasa revista al suceso de manera casi rutinaria, lo que refuerza el poso nihilista, de viñeta de violencia aleatoria y gratuita.

Buena parte de la fascinación por el personaje nace en parte de esa misma violencia: Johnny Cash siempre funcionó como una suerte de representación corpórea de la personalidad de su país (lo que en parte explica el interés que suscitaba en Europa), incluyendo la tierra de nadie de las tortuosas contradicciones. ¿Quién era Johnny Cash? Espíritu libre y reaccionario ocasional; fanático religioso y drogadicto fuera de la ley; Republicano y demócrata; Místico, patriota, héroe del pueblo. Su historia con June Carter, para los cínicos, puede tener el andamiaje de un novelón romántico, pero sigue siendo una fábula definitiva sobre la coexistencia de dos almas gemelas; Su biografía, generosa en exagerados picos y vertiginosas bajadas no parece encajar en los márgenes de la realidad.

Pero existió. Vivió una vida más larga de lo que las cifras se atreverían a sugerir: En sus 71 años sobre este mundo hubo más tormentas y revelaciones, más ruido y más furia que en centenares de vidas combinadas. ¿Su legado? Que un solo hombre se puede sobreponer a los tonos grises que suele ofrecer la realidad para conjurar con su sola voz el pulso de sus congéneres. Eso, y una mirada serena ante lo inevitable, terminan por completar un fabuloso legado humano.

Extraído de “I See A Darkness” (Reinhard Kleist, 2006)

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