-¿Tiene usted novia?
-Pues no, señorita. No tengo 
una novia, tengo muchas 
novias: La fama, la fortuna, la 
salud, la gloria. Pero todas 
me son esquivas y yo ardo en celo 
por hacerlas mías. 

Entrevista en México (1946)

Una de las pocas fotografías en las que se le ve sonreír está tomada en Fuentelencina (Guadalajara), donde El Monstruo buscaba refugio junto a Lupe Sino en el verano del 46. Él está sentado, con un pantalón claro y camisa holgada de mangas cortas. Subida a sus hombros, una radiante Lupe con coletas recogidas en las puntas por enormes lazos; luce un alegre vestido blanco floreado y apoya su mano en el mentón de su amante.
Ambos lucen morenos, mirando a la cámara felices y confiados.

Menos de un año después, el eterno disparo de Canito en quella lúgubre habitación del hospital de Linares, donde Manolete dio el último suspiro. Parece una momia, amortajado, mientras los demás lo observan incrédulos. Lupe está a su izquierda, con el gesto compungido de una viuda fallida.
Pero entre estas dos fotografías, ¿qué hubo? Acaso las piezas que nos permiten forjar el mito:
Un Buick azul por carreteras miserables, cruzando España como un trasatlántico. Cigarrillos Phillip Morris y trajes cruzados. Noches en Chicote y juergas en México. Flamenco, boleros, rancheras… fascistas provincianos y republicanos en el exilio. Lupe Sino. Gafas enormes para tapar ojeras de cansancio o de tristeza. Toros que también sobrevivieron a una guerra, para morir igualmente en los ruedos. Cornadas. Curas en enfermerías oxidadas y capillas en plazas de tercera. Camará. Bronca y ovación en los tendidos. Islero. Suerte cambiada. Sangre podrida de una guerra que nunca termina. La muerte en Linares. El crucifijo entre los dedos de un muerto. Un país pobre, vestido de luto y en silencio, viendo pasar un féretro de caoba y plata. Flores arrojadas desde torres, aviones… Córdoba, más lejana y más sola que nunca.

De Manolete se ha dicho ya todo (o casi). Pero a pesar de ello, seguimos revoloteando alrededor de su luz de tanatorio, buscando algo más. Hay un misterio insondable en su tragedia al que, irremediablemente, continuamos asomándonos, más de setenta años después.
Esa pulsión es la que describe también Fernando González Viñas, autor de Manolete, Biografía de un Sinvivir (Almuzara, 2013) al recordarnos que “toda realidad sobre Manolete parece tener un fondo de tambores que suenan a muerte (…) y cuya última esencia vamos moldeando entre todos, al ritmo de nuestro propio tambor”.
La geografía de los héroes es intrincada y en sus aristas buscamos acomodo -tal vez consuelo- para explicarnos a nosotros mismos.

Personificó carencias, invocó sueños de gloria, despertó envidias y conjuró demonios. Todo ello, vestido de pena y oro. Erguido como el edificio de La Telefónica, en plena Gran Vía madrileña.
Fue el último muerto de la Guerra Civil (Sánchez Dragó dixit) y el primer mito de la posguerra. Se nos sigue muriendo cada tarde de finales de agosto en Linares y a su cadáver, aún caliente, nos seguimos acercando como en aquella definitiva foto de Canito. Le pedimos explicaciones; queremos que se libere de esa mortaja rígida y que nos cuente por qué, una vez más, seguimos dedicándole estas líneas.

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