YOU OWE ME MONEY!

The Hustler posee una peculiar distinción: Aunque a lo largo de sus más de dos horas de metraje no aparece ni una sola pistola, podemos hablar de todo un noir. No como aquellos de Bogart de la década de los cuarenta, ni siquiera como capers míticos como La Jungla de Asfalto, pero noir a fin de cuentas. El mundo en el que se mueve Eddie Felson (Un Paul Newman imperial, en el que diría es su primer gran papel) se siente más real que el de aquellos esfuerzos pretéritos: Un ambiente sórdido y nocturno, de bares de estibadores, corredores de apuestas, jugadores, gángsters. Tipos listos y perdedores.

A Felson, un jugador de billar que vive de apostar su talento, lo vemos ser ambas cosas al comienzo de la película: Desplumando a unos paletos en un bar de carretera en primer lugar y luego, tras una serie de tortuosas partidas que parecen durar un día entero perdiendo contra una suerte de figura mítica, El Gordo de Minnesota. Una eminencia en los salones de billar del submundo.

En la derrota de Felson se adivina una veta autodestructiva, una combinación explosiva de alcohol y desprecio. Hay una suerte de hartazgo existencial que sobrevuela todo en The Hustler. Tomemos como ejemplo la historia de amor de la película: En su peregrinaje nocturno tras la derrota Felson acaba conociendo a Sarah, alcohólica e incapacitada tras un accidente. Haciendo honor a su condición de buscavidas el se instala rápidamente con ella. En su relación no solo no hay amor, sino tampoco deseo -de su parte- más bien hay un cóctel de interés, necesidad, compasión y desprecio. Ese es el clima moral de la película.

En sus andanzas por los billares Felson se acabará cruzando con Bert Gordon (Un volcánico George C. Scott que amaga con robarle la película a Newman, por momentos) Bert es el perfecto opuesto de Felson: Carente de talento, pero siempre en control de la situación. Un tipo frío y cerebral conectado con todas las esferas del submundo. Advirtiendo esta situación, propone convertirse en su apoderado.

Entre tanta crudeza se pueden encontrar retazos de un extraño lirismo. Esta ese momento, con Felson con las manos vendadas tras una partida que no ha ido bien la noche anterior. Intentó engañar a unos tipos en un tugurio sórdido, pero lo descubrieron y a cambio le han destrozado sus manos. La estafa podía haber funcionado, pero no pudo -no quiso- evitar jugar demasiado bien: «Podría haber vencido a ese tipo, él nunca lo hubiera sabido. Solo tenía que mostrárselo, tenía que mostrarles lo grandioso que puede ser el juego cuando es grandioso.» Es un monólogo en constante crescendo, en el que un Newman poseído se compara con un jockey a lomos de un pura sangre y en el que el taco de billar forma parte de él para hacer jugadas y carambolas que nunca antes se han visto. Puede que Felson no sea más que un jugador de billar, pero su discurso es el de un artista. «No eres un perdedor, eres un ganador. Algunos hombres nunca se sienten así por nada.» le dice Sarah, rematando uno de los mejores intercambios de la película.

Uno no puede evitar sentir, cada vez que vuelve a ver The Hustler, estar ante el comienzo de algo nuevo: La manera en que aparecen los créditos al comienzo de la película, esa cruda fotografía en blanco y negro (que en el ’61 podía decirse que era más elección estética que técnica), la naturalidad de las interpretaciones, el tempo, los matices en la comunicación, como expresan las caras. Y los silencios. Todo apunta a un Nuevo Hollywood una década antes de que se le diese al concepto carta de naturaleza.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here