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«Camino Soria» (Edi Clavo, Contra Ediciones) – «En las calles de Madrid» (Loquillo, Ediciones B): Díptico nostálgico

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En el espacio de unos pocos meses se han editado dos libros similares desde el punto de vista formal: Volúmenes de sesgo autobiográfico firmados por hombres y nombres del rock español de los 80’s. Por compartir, comparten hasta escenario -Madrid-, localizaciones y fotogramas comunes. Sin embargo, ¿Poseen un mismo fondo?

Pues sí, los ochentas españoles (¿O deberíamos decir madrileños?) siguen siendo una veta fecunda para armar una buena non-fiction: La parábola de la ciudad que amaneció capital de reino y sucursal de la Nueva Ola tras la dictadura, incestuoso caldo de cultivo entre músicos, cineastas, poetas y fotógrafos. Las drogas, los mártires y las tribus urbanas. ETA, Alcalá 20 y el 23-F. Todo termina por completar un fresco que aún sigue guardando una tremenda potencia narrativa.

En la superficie, visto con cierta distancia, podría decirse que estamos ante dos libros de idéntica temática, a saber: La crónica en primera persona de dos bandas abriéndose paso desde la -entonces primitiva- independencia discográfica hacia mayores cotas de relevancia. Los matices y el tono, sin embargo, desmienten tales reduccionismos.

Los matices son sobre todo de signo temporal: Por mucho que las cronologías de sendas obras lleguen a cruzarse en algún momento (la presentación de La luna de Madrid, por ejemplo) éstas se centran en distintas realidades comprendidas dentro del todo que se dió en llamar La Movida. Así, «En las calles de Madrid» arranca primero, entre los estertores de los 70’s y los primeros 80’s mientras que el relato de Edi Clavo prefiere centrarse en las postrimerías de la década, cuando los grupos capitalinos comenzaron a profesionalizarse y a girar intensivamente por toda la geografía española animados por cantidades indecentes de dinero público.

Respecto al tono, resulta tentador armar una teoría acerca de como los roles de los autores en sus respectivas bandas han terminado por moldear el juicio de sus análisis retroactivos.

Loquillo, haciendo gala de su etiqueta de frontman de rock and roll se nos muestra arrogante y casi felino en su determinación de que está al frente de la mejor banda del país. Pese a las apariencias, un cierto aire de épica recorre su relato: Nosotros contra ellos, parece ser el concepto invisible que entrelaza las páginas del libro, donde muestra a su entorno con el halo de una especie de aristocracia disoluta, unos elegidos ajenos al trajín cotidiano de un país que estrenaba democracia.

De ese círculo también formaba parte el propio Edi Clavo, a la sazón batería de Gabinete Caligari. Quién sabe si por detentar una posición alejada del proscenio, más apta para la observación, sus conclusiones tienden a lo desmitificador. Un prisma que aplica a toda esa época, pero muy especialmente al eje artístico-comercial formado por prensa especializada, compañías discográficas y programas de radio. Un entramado al que llega a dedicar un capítulo en exclusiva.

La prosa de Loquillo es telegráfica y a ráfagas. Cultiva el párrafo con aroma de relato noir en sus parcas descripciones y frases lapidarias. Clavo, por su parte, parece por momentos que esté realizando un escrupuloso ejercicio nemotécnico: Menudean en el libro las descripciones al detalle de garitos, locales y estudios de grabación (disposición de mobiliario incluida); Le gusta hacer hincapié en las calles del Madrid-pueblo, aquel que entre tascas y talleres mecánicos escondía los locales de ensayo en los que pulieron su idiosincrasia entre chulapa y melancólica.

Teorías improvisadas al margen, lo que termina por establecer una diferencia definitiva en el tono de ambos libros es el objetivo de los mismos: «En las calles de Madrid» es una carta de amor a un tiempo y lugar concretos, un final de adolescencia repartido entre dos ciudades que funcionan casi como arquetipos: Barcelona, representada como una urbe adormecida y a remolque de la vanguardia madrileña tiene algo de Ítaca a la que el protagonista se ve forzado a volver una y otra vez, mientras que Madrid se nos muestra como el lugar donde todo está sucediendo, una ciudad efervescente en la que una nueva crítica (con Jesús Ordovás a la cabeza) y un puñado de disqueras subterráneas han conseguido asaltar el Palacio de Invierno de la industria convencional. Tiene su relato algo de West Side Story postmoderno: El abigarrado desfile de tribus urbanas (rockers, teddy boys, skins, mods, punks), los amoríos entre juveniles y clandestinos, la camaradería viril con gregarios de confianza como Sabino Méndez Jaime Bi. Se echa a faltar, eso sí, cierta autocrítica. A uno le resulta particularmente chocante ver una reproducción a toda página de una suerte de «manifiesto» firmado por el cantante que publicó la revista Rock Espezial. Se trata de un texto que hoy podemos ver con candidez, una suerte de llamamiento a la unidad entre las distintas tribus urbanas de Barcelona contra el enemigo común, que no era otro que el cultureta. Lo sorprendente es que el Loquillo de 2018 parece suscribir plenamente lo que escribió con 22 años, recién licenciado del ejército. No se aprecia en ningún momento la capacidad de poder echar la vista atrás y reírse del chaval que fue, o al menos de verse con algo menos de seriedad.

«Camino Soria», por su parte y como bien advierte desde el título, es una crónica prolija de la gestación, composición, grabación y posterior promoción de la que es considerada a todas luces como la cima de Gabinete Caligari. Edi Clavo posee un verbo rico y afilado, con una saludable despreocupación por la corrección política: Principia fuerte, en una tarde de resaca en Las Ventas, alternando apuntes taurinos con estampas expresivas y reparando en el detalle estético («Jaime [Urrutia] me soltó a bocajarro tras espanzurrar la lata de Mahou con el tacón cubano de su botín color corinto: ‘¡Yo hoy me tiro de espontáneo!'»); Clausura de una manera extrañamente lírica, narrando las andanzas después de un concierto -uno de tantos- en una pequeña ciudad de provincias -una de tantas-. Entre medias, una crónica detallada y sorprendentemente desapasionada en la que es el uso de la primera persona la que nos hace recordar que el libro ha sido escrito por uno de sus protagonistas directos. Esa combinación de información de primera mano con genuino distanciamiento crítico hace de «Camino…» el libro más interesante de cuántos se han realizado sobre el trío madrileño.

Quedándonos con lo esencial, estamos ante dos vistazos personales, con mira de francotirador, a una época ineludible desde el punto de vista de la historiografía musical española. Un revisionismo que durante mucho tiempo estuvo en manos bien de los detractores de la llamada Movida o de los hagiógrafos de la misma. Por eso mismo resulta refrescante revivir el pulso de la época a través de testimonios que no pecan de una excesiva complacencia. Para muestra, y a modo de coda, dejo un breve fragmento de «En las calles de Madrid»:

«A solo unos kilómetros de Madrid, el mundo de luz y de color se torna amarillento y polvoriento tras los cristales de una furgoneta alquilada que sortea carreteras de segunda. Desde la ventanilla de adivina un paisaje devastado por la crisis del 73 que ha llegado a España con retraso.

La puta realidad»

 

 

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